sábado, 22 de diciembre de 2007

Santa Claus, San Nicólas o Santicló


La primera luz, hacia el noveno decenio del siglo III, en la ciudad de Patara, de la Licia, la pequeña Suiza del Asia Menor. Fue obispo de Mira, la metrópoli de su provincia natal. Asistió al primer Concilio ecuménico, el de Nicea, del año 325. Falleció hacia el 344. En el siglo XI, unos mercaderes italianos sustrajeron de Mira su cuerpo, para salvarlo de la profanación sarracena, y lo transportaron a Bari, donde es venerado. - Fiesta: 6 de diciembre. Misa propia.

He aquí la figura de un gran obispo, cuya historia -hermosa en sí misma- se entrevera con abundancia de leyendas. Varón de glorioso renombre en Oriente y en Occidente, ha sido ensalzado, a través de dieciséis siglos, por oradores, poetas y artistas.

Los padres de Nicolás eran nobles, y ejemplares cristianos. Le procuraron sólida educación moral e intelectual. Se encargó de su integral formación el propio obispo de Pitara.

Muy joven nuestro Santo quedó huérfano y dueño de una inmensa fortuna, que en sus manos fue un medio "para hacerse amigos en el Cielo". "Vende tus bienes -insinuó el Salvador al joven rico-, repártelos a los pobres". Así lo hizo Nicolás. ¿Precisará recordar el drama de las tres jóvenes hermanas dotadas para el matrimonio? Eran hijas de un hombre desgraciado que, habiendo perdido todos sus recursos, concibió el abominable plan de venderlas, es decir, de poner a precio su inocencia.

La idea llegó a conocimiento de Nicolás, el cual, en una noche sin luna, deslizóse hasta la ventana mal cerrada del tugurio donde vivía la miserable familia. Con presteza echó dentro de la estancia una bolsa llena de oro y se evadió inmediatamente. Sorpresa del padre, al darse cuenta de la bolsa a la mañana siguiente. "He aquí un dote bajado del cielo, he aquí a una de las hijas fuera ya de peligro". Dos veces más el joven repitió la operación. Pero a la tercera, el padre estaba al acecho y le cortó la retirada: "Pero ¿quién sois vos?" "Os ruego que me guardéis el secreto; no me traicionéis". "¡Vaya si os voy a descubrir! Porque, de otra suerte, se me acusará de haber robado las dotes de mis hijas".

¿No fue para evitar honores y ensalzamientos que Nicolás emprendió secretamente la fuga a Mira? Acaba de fallecer el obispo de Mira en el momento en que el virtuoso fugitivo de Pitara llegaba a la ciudad de incógnito. Como sentía tan honda inclinación al rezo y al templo, que era su placer pasarse en él largas horas, dirigióse de madrugada al que llamaríamos ahora la iglesia catedral. Creyó estar solo allí.

Pero antes había entrado ya el decano de los obispos que habían venido a reunirse en Mira para designar -según legítima costumbre de la época- al sucesor del prelado difunto. Y he aquí que, acercándose él al rico joven, le preguntó si era Nicolás de la vecina ciudad de Patara. Y habiéndole contestado afirmativamente, le dijo el decano: "Esta noche misma, en un sueño con que Dios ha querido favorecerme, os ha señalado Él como futuro obispo a quien debemos elegir". Fue inútil toda resistencia. Poco después el pueblo invadía la iglesia y aclamaba como obispo al que le era presentado por los prelados.

De este modo fue sumergido Nicolás en un episcopado que iba a ser repleto de tribulaciones, pruebas, luchas y prodigios. La primera grande aflicción, la del encarcelamiento. No se había extinguido el incendio de las persecuciones. Otorgada por Constantino a la Iglesia la plena libertad, en el edicto de Milán, del año 313, Licinio, que lo había suscrito con él, no lo respetó lealmente y siguió cebándose con crueldad en los cristianos, en su demarcación gubernativa del Oriente.

Fue seguramente en este período cuando el prelado sufrió su cárcel, bajo cualquier pretexto. Sólo el triunfo de Constantino sobre Licinio, por las armas, conquistó la paz completa a los creyentes de aquellas regiones. Y esto casi diez años después del edicto famoso.

Un obispo era en aquella época el Padre nutricio de su pueblo. Solía administrar vastos cultivos e instituciones en orden al mantenimiento de la población y, en caso de crisis, era el llamado por excelencia a preocuparse de las soluciones.

En virtud de la legislación imperial, el obispo podía conocer todos los litigios, no tan sólo entre cristianos, sino también entre gentiles por una especie de procedimiento de arbitraje o juicio de paz. Era, pues, el defensor de la justicia. Por la fuerza de este tributo, fueron varias las ocasiones en que Nicolás pudo salvar las vidas de inocentes.

Advertido, por ejemplo, un día, misteriosamente, le fue posible penetrar en la prisión en el preciso momento en que la espada del verdugo iba a cortar la cabeza de tres jóvenes condenados a muerte contra toda razón. Tal vez, o casi seguramente, el caso dio origen a la leyenda de los tres niños destrozados, metidos en una cuba y resucitados por el Santo. Según la técnica de la Edad Media, es obvio que los tres prisioneros fuesen representados por niños metidos en un recipiente y dominados por la esbelta figura del taumaturgo.

Pero todas esas actividades, tan paternales, no significaban más que lo accesorio en las funciones del gran Obispo. Ante todo, hay que ponderar la nutrición de las almas que le habían sido confiadas. Como Hilario, como Agustín, como Martín y tantos otros famosos pastores, Nicolás sostuvo el buen combate de la fe cristiana.

Su fallecimiento no privó al mundo de sus milagros. Entre otros, son muy conocidos dos, de la Edad Media. San Nicolás salvó al Rey Luis de Francia y a su familia en una tormenta terrible que les estaba hundiendo al regreso de la séptima cruzada. El caballero de la Lorena Conon de Réchicourt, prisionero de los sarracenos, le invocó en la víspera de su suplicio, y fue prodigiosamente transportado a la iglesia de San Nicolás en su región, en cuyo atrio cayeron de su cuerpo todas las cadenas

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